Un equipo llega al descanso después de una mala primera parte. El entrenador puede utilizar esos minutos para identificar qué está ocurriendo y ayudar a corregirlo. También puede dedicarlos a lamentarse por los errores, la actitud, el resultado o las decisiones arbitrales.
Desde fuera, ambas intervenciones pueden parecer una crítica, pero no cumplen la misma función. Corregir convierte lo ocurrido en información útil. Quejarse permanece en el problema sin construir una respuesta. La diferencia no está en hablar o no de los errores, sino en qué hace el entrenador con ellos.
Qué dice la evidencia
El jugador no escucha la queja como el entrenador cree
Después de una derrota o de un error, el entrenador sabe lo que quiere transmitir. Lo que el jugador recibe puede ser otra cosa. Cuando se preguntó a 324 deportistas de distintos deportes cómo vivían la reacción de su entrenador tras una derrota o un error, distinguieron con claridad dos tipos de reacción: la que analiza lo ocurrido y orienta, y la que se limita a mostrar hostilidad. Según su propia percepción, no les afectaban igual: ni a su motivación, ni a cómo se sienten, ni a lo que aprenden [1].
Lo que queda de la charla del descanso
Durante el descanso, demasiada información puede competir con aquello que el jugador necesita recordar. En un estudio irlandés, catorce jugadores de élite de fútbol gaélico, un deporte de equipo distinto al nuestro, describieron intervenciones largas, repetitivas y emocionalmente cargadas que les hacían desconectar; preferían mensajes más calmados, ordenados y centrados en pocas soluciones concretas [3]. En una academia de LaLiga, la observación de las charlas de cinco entrenadores mostró que la instrucción y el feedback ocupaban buena parte de ese breve espacio, aunque cada entrenador utilizaba de forma distinta el tono, las preguntas y la participación de los jugadores [2].
Lo que el entrenador transmite sin decirlo
En equipos de béisbol, sóftbol y fútbol, el enfado mostrado por el entrenador se relacionó con más enfado en los jugadores y con su impresión de que el entrenador valoraba peor su actuación. Eso no significa que juegue en contra del resultado: en un estudio con equipos de fútbol, el enfado mostrado en el descanso no se asoció con una peor segunda parte. Es un estudio de campo, que describe relaciones y no permite afirmar causas [4].
Con las emociones positivas hay algo más de respaldo experimental. En dos experimentos pequeños, con 28 y 60 futbolistas con experiencia y una prueba de pase controlada, cuando el entrenador reaccionó con orgullo o alegría, los futbolistas rindieron mejor en el siguiente intento; la vergüenza no tuvo ese efecto [5]. Aun así, no existe una regla universal: en un estudio de caso con un equipo de patinaje, una expresión de desagrado del entrenador fue seguida de una mejora, en condiciones muy concretas que no permiten generalizarla [6].
No da igual cómo se explica un error
La explicación que se da a un fracaso cambia lo que viene después. En experimentos de laboratorio, con una tarea de lanzamiento de dardos y no con futbolistas, atribuir el error a algo que no se puede cambiar redujo la confianza y el rendimiento en el siguiente intento, mientras que el feedback que orientaba la explicación hacia causas controlables y modificables favoreció una mayor autoeficacia y un mejor rendimiento posterior [7]. «El árbitro está en nuestra contra» y «llegamos tarde a la presión» describen el mismo mal partido, pero solo la segunda deja algo que hacer.
Participar no es lo mismo que mejorar
Dejar que los jugadores decidan cuándo revisar su juego en vídeo los hizo hablar más y tomar la iniciativa en la conversación con el entrenador. Pero, al menos a corto plazo, eso no se tradujo en un mejor rendimiento táctico [8].
Lo que todavía no sabemos
Ninguno de estos estudios compara directamente una queja con una corrección orientada a soluciones, ni el «por qué» con el «para qué». Muestran percepciones, asociaciones y efectos en tareas concretas, no recetas. Lo que sigue es una interpretación apoyada en ellos.
Cómo puede interpretarse en el fútbol base
Qué tiene una queja
Una queja suele mezclar varios elementos:
- Una valoración global: «Estamos fatal».
- Un reproche: «No corréis».
- Una generalización: «Siempre hacemos lo mismo».
- Una causa externa: «El árbitro no nos deja».
- Y ninguna indicación concreta sobre qué hacer después.
Es posible que el jugador perciba con claridad el malestar del entrenador, pero no la información que necesita para actuar. Y no ocurre solo en el descanso: también en los gestos desde la banda o en un análisis posterior dedicado a buscar culpables.
En El mensaje también entrena vimos que el jugador no recibe un único mensaje, sino la suma de todos los que le llegan, y que jóvenes tenistas pedían a sus familias coherencia entre lo que dicen y su lenguaje no verbal. Aquí esa idea se aplica a la reacción inmediata del entrenador ante el error.
Del reproche a la pregunta útil
«¿Por qué vuelves a perder la marca?»
Puede ser una pregunta, pero también un reproche disfrazado. Si el jugador interpreta que el entrenador ya ha decidido que actuó mal y solo espera una confesión, es probable que intente justificarse o que guarde silencio.
En cambio:
«¿Qué viste en esa jugada?»
«¿Por qué decidiste seguir al balón?»
«¿Qué otra opción tenías?»
Estas preguntas intentan reconstruir la decisión: averiguar si el error estuvo en lo que el jugador vio, en cómo lo interpretó, en lo que decidió o en cómo lo ejecutó. Es una distinción cercana a la que planteamos en ¿Cómo reconocer la inteligencia de un jugador?, y este tipo de preguntas ya aparecía en El entrenador como punto de partida de la motivación y el desarrollo autónomo del jugador como una vía para que el jugador construya criterio propio.
Visto así, el «por qué» no tiene por qué descartarse: formulado sin reproche, puede ayudar al jugador a tomar conciencia de lo que hizo y de las razones que guiaron su decisión.
No basta con encontrar una causa; importa si esa explicación permite intervenir:
- «El árbitro está en nuestra contra» ofrece poca capacidad de respuesta.
- «Estamos llegando tarde a la presión» identifica algo modificable.
- «Somos muy malos defendiendo» convierte un problema concreto en una identidad.
- «La distancia entre líneas es demasiado grande» abre una posibilidad de corrección.
En Objetivos y feedback en el fútbol base vimos que los objetivos de proceso se centran en lo que el jugador puede controlar, y que el feedback prescriptivo se orienta a la siguiente ejecución en lugar de describir la pasada. Parece razonable pensar que una explicación controlable del error encaja con esa misma lógica.
El «por qué» ayuda a comprender; el «para qué», a avanzar
El «por qué» pregunta por la causa de una decisión o de un problema:
«¿Por qué decidiste saltar sobre el central?»
«¿Por qué nos están superando por dentro?»
El «para qué» pregunta por la finalidad: qué se pretendía conseguir o qué objetivo debe orientar la respuesta.
«¿Para qué queremos orientar la presión hacia fuera?»
«¿Para qué necesitamos que el extremo cierre antes?»
En un partido, el «por qué» suele mirar hacia lo ocurrido y el «para qué» hacia lo que viene, aunque la distinción no es estrictamente temporal: uno pregunta por la causa y el otro por la finalidad. Ambos se complementan. Y ninguno es una fórmula mágica: «¿para qué has hecho eso?», dicho en tono acusatorio, puede ser tan reprochador como cualquier «por qué». Su utilidad depende de la intención, del tono y de la oportunidad real que tiene el jugador para pensar y responder.
Preguntar no significa dejar de corregir
Preguntar tampoco sustituye siempre al feedback directo: puede precederlo y ayudar al entrenador a ajustar la corrección a lo que el jugador vio, comprendió o intentó hacer. Habrá situaciones en las que preguntar permita descubrir el razonamiento del jugador, y otras en las que una indicación directa resulte más útil porque el tiempo es limitado o porque la solución todavía no forma parte de lo que el futbolista conoce.
Una secuencia posible
A partir del conjunto de la evidencia puede proponerse una secuencia práctica. No es un protocolo validado experimentalmente, sino una forma de organizar la intervención para pasar del problema a una respuesta.
1. ¿Qué ha ocurrido? Descripción del problema, sin exageraciones ni etiquetas.
«Nos han progresado varias veces por dentro.»
2. ¿Qué ha visto el jugador? La información que orientó su decisión.
«¿Qué viste para decidir salir hacia el central?»
3. ¿Por qué ha ocurrido? Causas concretas y modificables.
«El delantero ha saltado a presionar, pero el resto del equipo no ha avanzado con él.»
4. ¿Para qué queremos cambiarlo? La corrección, relacionada con una intención colectiva.
«Queremos llevar el juego hacia fuera para proteger el espacio central.»
5. ¿Qué haremos si vuelve a suceder? Una respuesta reconocible.
«Si el delantero salta, el extremo cierra dentro y el mediocentro adelanta su posición.»
Escuchar primero al jugador y buscar después la causa evita adjudicarla de antemano. En el descanso, con poco tiempo, la secuencia puede reducirse a lo esencial (qué ocurre, para qué cambiarlo y qué haremos); la reconstrucción de cada decisión encaja mejor en el entrenamiento o tras el partido.
No se trata de suavizarlo todo
Evitar la queja no significa ocultar los errores ni renunciar a la exigencia. Un entrenador puede ser directo:
«La distancia entre líneas no es aceptable.»
Y completar el mensaje con una dirección:
«Vamos a reducirla y a avanzar juntos cuando salte la presión.»
La primera frase valora lo ocurrido; la segunda permite intervenir. La firmeza y la exigencia no están reñidas con la orientación: como vimos en La mayor mentira del deporte, es posible señalar los errores con claridad y mantener la exigencia sin recurrir al control psicológico.
Reflexión final
La queja puede transmitir una sensación inmediata de autoridad: muestra que el entrenador ha detectado el problema y que no lo acepta. Pero expresar malestar y enseñar no son necesariamente lo mismo. Los estudios revisados no comparan directamente ambas formas de intervenir, aunque sí sugieren que la reacción del entrenador influye en cómo el jugador interpreta lo ocurrido; quizá la cuestión no sea corregir con más o menos dureza, sino si lo que se dice ayuda a entender por qué pasó y para qué cambiarlo. La queja aleja cuando separa al equipo de aquello que todavía puede controlar. La pregunta útil lo acerca de nuevo al juego.
Artículo elaborado a partir de la investigación científica sobre comunicación entrenador-deportista, charlas de descanso, expresiones emocionales, atribuciones causales y feedback.
Bibliografía
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- Devlin E, Skea D, Alder DB, Mitchell T, Raya-Castellano PE. 'Mundane, repetitive, and forgettable': A qualitative investigation of elite Gaelic football players' perceptions of half-time team talks. Int J Sports Sci Coach. 2026;21(1):295-306. DOI
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- Van Maarseveen MJJ, Oudejans RRD, Savelsbergh GJP. Self-controlled video feedback on tactical skills for soccer teams results in more active involvement of players. Hum Mov Sci. 2018;57:194-204. PubMed 29253741
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