La mayor mentira del deporte

«Todos los jugadores deben ser tratados igual». La enseñanza que Julio Velasco transmitió a Pep Guardiola y qué dice la investigación sobre la necesidad de conocer y tratar a cada jugador.

La mayor mentira del deporte: todos los jugadores deben ser tratados igual

Julio Velasco es un entrenador argentino y una de las figuras más reconocidas de la historia del voleibol. Al frente de la selección masculina italiana ganó, entre otros títulos, dos Campeonatos del Mundo, tres Europeos y cinco Ligas Mundiales. Décadas después condujo también a la selección femenina de Italia al oro olímpico en París 2024.

Según relató el propio Velasco, en 2003, cuando Pep Guardiola se encontraba en la última etapa de su carrera como futbolista y ya pensaba en convertirse en entrenador, lo llamó después de haberlo escuchado en televisión. Se reunieron en Roma y Guardiola le preguntó especialmente por la gestión de los grupos.

Años después, en una conversación con Fernando Trueba, Guardiola recordó la principal enseñanza que extrajo de aquel encuentro:

«Eso de que todos sois iguales es la mentira mayor que existe en el deporte».

La frase resulta provocadora porque parece cuestionar un principio esencial: la igualdad entre los jugadores. Sin embargo, Velasco no estaba defendiendo el favoritismo ni la concesión de privilegios. Guardiola completa la idea con una precisión fundamental: todos los jugadores deben ser tratados con el mismo respeto.

La aparente contradicción desaparece cuando se distinguen dos conceptos diferentes: tratar a todos con la misma dignidad y tratar a todos exactamente de la misma manera.

Los jugadores merecen el mismo respeto, pero no necesariamente necesitan el mismo tipo de acompañamiento.

Tratar igual no siempre significa tratar bien

Un equipo necesita normas comunes. La puntualidad, el compromiso, el respeto hacia los compañeros y la aceptación de determinadas responsabilidades no pueden depender del humor del entrenador ni de la importancia deportiva de cada jugador.

Sin embargo, aplicar unas normas comunes no obliga a relacionarse de forma idéntica con todos.

Un jugador puede necesitar un seguimiento cercano durante un periodo de inseguridad. Otro puede interpretar ese mismo seguimiento como una falta de confianza. Algunos responden bien a una intervención directa; otros necesitan más tiempo para reflexionar. Un futbolista puede sentirse preparado para asumir responsabilidades y tomar decisiones, mientras que otro, por su edad o experiencia, puede necesitar inicialmente una estructura más clara.

Estas diferencias no convierten a unos jugadores en mejores que otros. Indican que las personas tienen experiencias, necesidades y formas de responder diferentes.

No todos necesitan lo mismo: conocer al jugador también forma parte del entrenamiento

El modelo multidimensional de liderazgo deportivo de Chelladurai propone que la dirección de un equipo depende del ajuste entre tres elementos: lo que exige cada situación, la forma en que los jugadores prefieren ser dirigidos y la actuación real del entrenador. Cuando estos tres elementos encajan, pueden mejorar la satisfacción y el rendimiento, aunque los estudios no siempre han obtenido los mismos resultados [1].

Por tanto, no existe una fórmula sencilla que permita asignar automáticamente un estilo de liderazgo a cada jugador. La cuestión no es que el entrenador deba satisfacer todas las preferencias individuales, sino que necesita conocerlas para decidir cuándo atenderlas, cuándo intentar modificarlas y cuándo mantener un criterio común.

Estas diferencias también afectan a la manera de comunicarse con cada jugador. En El mensaje también entrena vimos que el jugador no recibe un único mensaje, sino la suma de los que le llegan de su entrenador, su familia y su entorno, y la importancia de que sean coherentes entre sí. Aquí el foco es distinto: cómo puede el entrenador conocer a cada futbolista y adaptar su forma de acompañarlo sin renunciar a unas normas y un respeto comunes.

Conocer al jugador también forma parte del entrenamiento

El trabajo del entrenador no termina al diseñar tareas, preparar partidos o explicar principios de juego. También incluye construir una relación que permita comprender qué necesita cada jugador para avanzar.

En una investigación retrospectiva con 216 antiguos deportistas escolares, el apoyo emocional y el reconocimiento percibidos se asociaron con una mejor valoración de la relación entre entrenador y jugador. El diseño del estudio no permite afirmar que una variable causara la otra, pero muestra que los deportistas no valoran esa relación únicamente por las decisiones tácticas o por su condición de titulares o suplentes [2].

Para conocer a un jugador no basta con saber su posición, sus capacidades técnicas o su rendimiento durante los partidos. También resulta útil observar cómo aprende, cómo responde al error, qué sucede cuando pierde protagonismo y de qué manera afronta las situaciones de dificultad.

El entrenador puede prestar atención a cuestiones como:

Una herramienta estructurada de observación puede ayudar a registrar estos aspectos y evitar que toda la valoración dependa de impresiones puntuales. Su utilidad no estaría en clasificar rígidamente al jugador, sino en aportar información que permita revisar si la forma de acompañarlo está favoreciendo realmente su desarrollo.

La observación, además, debe mantenerse abierta. El jugador que hoy necesita más apoyo puede reclamar mayor autonomía dentro de unos meses. Conocer a una persona no consiste en asignarle una etiqueta permanente.

Adaptar el trato no es reducir la exigencia

Una posible confusión consiste en identificar la atención individualizada con la permisividad. Adaptarse a un jugador no significa rebajar siempre las expectativas, evitar cualquier incomodidad o protegerlo de las consecuencias de sus decisiones.

Dos jugadores pueden tener que cumplir la misma norma, pero quizá necesiten intervenciones diferentes para comprender su importancia y asumirla. El objetivo final puede ser común aunque el recorrido no sea idéntico.

La individualización tampoco significa decidir que determinados futbolistas «necesitan presión» y utilizar esa idea para justificar gritos, amenazas, humillaciones o correcciones públicas innecesarias.

Exigir no es controlar: la firmeza no necesita intimidación

Es posible mantener expectativas elevadas, señalar errores con claridad y exigir responsabilidades sin recurrir al control psicológico. La firmeza define qué se espera del jugador; la intimidación intenta obtener obediencia mediante el miedo, la culpa o la retirada de afecto.

Un estudio experimental basado en escenarios con 101 judocas adolescentes comparó sus respuestas ante conductas de apoyo a la autonomía y comportamientos controladores del entrenador. Incluso cuando el deportista mostraba poco esfuerzo o una conducta inadecuada, los efectos negativos relacionados con el estilo controlador se atenuaban, pero no desaparecían. Al tratarse de situaciones simuladas y no de conductas observadas durante entrenamientos reales, el resultado debe interpretarse con prudencia [3].

Una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 1.320 asociaciones procedentes de 131 muestras encontró relaciones favorables entre el apoyo a la autonomía y variables como la satisfacción de las necesidades psicológicas, la motivación autónoma y el bienestar. La mayoría de los estudios incluidos eran correlacionales, por lo que no puede deducirse que el estilo del entrenador sea la única causa de esos resultados. A la luz de este conjunto de hallazgos, no parece que el control psicológico sea necesario para conseguir compromiso [4].

Apoyar la autonomía no significa permitir que cada jugador haga lo que quiera. Puede incluir límites claros, correcciones exigentes y decisiones que el deportista no comparte. La diferencia reside en explicar su sentido, escuchar la perspectiva del jugador y evitar que el vínculo personal dependa de su rendimiento o de su obediencia inmediata.

Qué puede cambiar y qué debe permanecer igual

La individualización puede modificar:

Sin embargo, existen elementos que no deberían depender de la capacidad, el carácter o la importancia competitiva del jugador:

Esta distinción separa la atención individualizada del favoritismo. La primera adapta los medios para favorecer el desarrollo; el segundo concede ventajas personales sin una justificación deportiva o formativa clara.

El resto del equipo también observa

El trato entre el entrenador y un jugador nunca es completamente privado. Los compañeros observan quién recibe atención, quién puede equivocarse, a quién se escucha y cómo se justifican las decisiones.

Un estudio con 605 jugadores pertenecientes a 69 equipos amateurs analizó el tratamiento diferencial dentro de los grupos deportivos. Las diferencias de carácter social se asociaron negativamente con el ambiente del equipo, mientras que las relacionadas con las tareas mostraron relaciones más complejas [5].

Esto indica que no toda diferenciación es percibida de la misma manera. Adaptar el apoyo o asignar responsabilidades deportivas diferentes puede resultar comprensible. En cambio, mostrar mayor cercanía, consideración o interés personal hacia determinados jugadores puede deteriorar el clima del equipo.

En otro estudio longitudinal, realizado con equipos de élite de balonmano y voleibol, el apoyo a las necesidades de los deportistas y la explicación de las decisiones se relacionaron con una mayor percepción de justicia del entrenador. Las derrotas y la condición de suplente se asociaron con percepciones menos favorables. Aunque la muestra fue reducida y no pertenecía al fútbol base, el trabajo muestra que la justicia percibida puede cambiar según las circunstancias y que justificar las decisiones tiene relevancia [6].

Mismo respeto, distintos caminos: lo común sostiene al equipo, lo individual ayuda a cada jugador

Individualizar, por tanto, no significa revelar públicamente los motivos personales de cada intervención. Significa que las diferencias de trato tengan una razón defendible y sean compatibles con unos principios comunes.

La dificultad de conocer realmente a cada jugador

El principal riesgo de la atención individualizada es que el entrenador crea conocer al jugador mejor de lo que realmente lo conoce.

Las expectativas previas también pueden condicionar la observación. Si el entrenador considera que un jugador es frágil, rebelde o poco trabajador, puede interpretar cualquier conducta posterior como una confirmación de esa etiqueta.

Por eso, conocer al jugador requiere algo más que intuición. Implica observar durante un periodo suficiente, contrastar las primeras impresiones, escuchar al propio futbolista y aceptar que la interpretación inicial puede ser incorrecta.

No existe un manual para cada tipo de jugador

La investigación disponible ofrece principios generales, pero no permite establecer recetas como «a este perfil hay que presionarlo» o «a aquel siempre hay que protegerlo». Buena parte de los estudios son observacionales y proceden de deportes, edades y niveles competitivos diferentes.

La individualización, por tanto, no debería basarse en intuiciones inamovibles ni en categorías cerradas. Es un proceso continuo: observar cómo responde el jugador, escuchar cómo interpreta la intervención, ajustar la forma de acompañarlo, comprobar si el ajuste mejora su respuesta y revisarlo cuando cambien el jugador o la situación.

La igualdad está en el respeto, no en la forma

La frase de Velasco resulta provocadora porque cuestiona una idea aparentemente justa. Sin embargo, adquiere sentido cuando «tratar igual» significa intervenir de manera idéntica con personas diferentes.

Un entrenador puede ser coherente sin ser rígido. Puede establecer las mismas normas y ofrecer apoyos distintos. Puede exigir a todos y elegir cuidadosamente cómo hacerlo con cada uno.

La mayor mentira no sería afirmar que todos merecen el mismo respeto. Eso debería ser irrenunciable. La mentira sería pensar que respetarlos obliga a entrenarlos, corregirlos y acompañarlos exactamente de la misma manera.

Las mismas normas y el mismo respeto para todos; una forma distinta de acompañar a cada uno.

Artículo elaborado a partir de la investigación científica sobre liderazgo, motivación y relaciones entrenador-deportista.

Fuentes de la historia de Guardiola y Velasco

  1. Guardiola P, Trueba F. Conversaciones sobre el futuro. Banco Sabadell.
  2. La conexión argentina de Guardiola. El Esquiu, 28 de marzo de 2012. elesquiu.com
  3. Julio Velasco to head coach Italy [selección femenina]. Volleyball World, 2023.

Bibliografía científica

  1. Chelladurai P. Leadership in sports organizations. Canadian Journal of Applied Sport Sciences. 1980;5(4):226-231.
  2. Cranmer GA. A continuation of sport teams from an organizational perspective: predictors of athlete-coach leader-member exchange. Communication & Sport. 2016;4(1):43-61. doi.org/10.1177/2167479514542151
  3. Delrue J, Soenens B, Morbée S, Vansteenkiste M, Haerens L. Do athletes' responses to coach autonomy support and control depend on the situation and athletes' personal motivation? Psychology of Sport and Exercise. 2019;43:321-332. doi.org/10.1016/j.psychsport.2019.04.003
  4. Mossman LH, Slemp GR, Lewis KJ, Colla RH, O'Halloran PD. Autonomy support in sport and exercise settings: a systematic review and meta-analysis. International Review of Sport and Exercise Psychology. 2024;17:540-563. doi.org/10.1080/1750984X.2022.2031252
  5. van Breukelen W, van der Leeden R, Wesselius W, Hoes M. Differential treatment within sports teams, leader-member exchange quality, team atmosphere, and team performance. Journal of Organizational Behavior. 2012;33(1):43-63. doi.org/10.1002/job.735
  6. De Backer M, Reynders B, Boen F, Van Puyenbroeck S, Vande Broek G. Do coaching style and game circumstances predict athletes' perceived justice of their coach? A longitudinal study in elite handball and volleyball teams. PLOS ONE. 2018;13(10):e0205559. doi.org/10.1371/journal.pone.0205559

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