En el fútbol es habitual decir que un jugador «entiende el juego», «ve cosas que otros no ven» o «es muy inteligente». Generalmente reconocemos esa cualidad cuando anticipa una situación, encuentra una solución inesperada o interpreta correctamente lo que necesita el equipo.
Pero ¿cómo sabemos que un jugador es inteligente? ¿Lo deducimos por lo que hace en el campo, por la rapidez con la que comprende al entrenador o por su facilidad para aprender fuera del fútbol?
La pregunta es relevante porque la inteligencia puede constituir una ventaja deportiva. Capacidades como razonar, mantener información activa, relacionar conceptos o inhibir una respuesta inadecuada pueden ayudar al jugador a comprender y decidir. Si dos futbolistas presentan condiciones técnicas, físicas, experiencia y motivación semejantes, es razonable pensar que quien dispone de mejores recursos cognitivos tendrá más posibilidades de aprender con rapidez y utilizar mejor lo aprendido.
Sin embargo, la inteligencia no puede reconocerse mediante una única señal. El rendimiento académico, la comprensión del mensaje del entrenador y las decisiones dentro del campo aportan información diferente. Ninguno de estos elementos basta por separado.
La autonomía —que tratamos en El entrenador como punto de partida de la motivación y el desarrollo autónomo del jugador—, la adaptación, la anticipación o la creatividad también pueden ofrecer indicios, pero aquí nos centraremos en tres pistas concretas y accesibles para el entrenador.
El rendimiento académico: una pista, no una prueba
La relación entre inteligencia y rendimiento académico está bien documentada. Los metaanálisis encuentran una asociación positiva entre ambos: capacidades como el razonamiento, la comprensión, la memoria de trabajo o la atención contribuyen al aprendizaje escolar [1,2].
Por eso, un buen rendimiento académico puede ser un indicador indirecto de recursos cognitivos que también resulten útiles para aprender fútbol. Un jugador acostumbrado a comprender, organizar y relacionar información puede tener mayor facilidad para asimilar conceptos tácticos o conservar una explicación compleja.
Pero el rendimiento académico no refleja únicamente la inteligencia. También depende del esfuerzo, la motivación, los hábitos de estudio, la enseñanza recibida y el contexto personal y social. Por eso, puede ofrecer indicios sobre algunos recursos cognitivos del jugador, pero no permite medir su inteligencia ni predecir directamente cómo jugará.
La idea importante no es que los buenos estudiantes sean necesariamente mejores futbolistas. Es que parte de las capacidades que favorecen el aprendizaje académico también puede contribuir al aprendizaje deportivo.
Comprender el mensaje del entrenador
Durante un entrenamiento, el jugador debe escuchar una explicación, identificar sus elementos importantes, mantenerlos en la memoria y recuperarlos mientras actúa. Esta secuencia exige comprensión verbal, atención y memoria de trabajo.
Los estudios realizados con niños muestran que codificar, conservar y ejecutar instrucciones depende de esos recursos cognitivos. También indican que observar una demostración puede facilitar el recuerdo y reducir algunas de las exigencias ejecutivas respecto a una explicación exclusivamente verbal [3].
No disponemos, sin embargo, de evidencia suficiente para afirmar que quien comprende antes una explicación futbolística posea necesariamente una mayor inteligencia general. La familiaridad con el vocabulario del entrenador, el conocimiento previo del concepto y la forma en que se presenta el mensaje también influyen.
Por tanto, comprender rápidamente al entrenador puede ser una señal útil, especialmente cuando el jugador es capaz de explicar la idea con sus propias palabras y aplicarla posteriormente. Pero la respuesta solo resulta informativa si el mensaje ha sido claro. De lo contrario, no sabemos si estamos observando la capacidad del jugador o una dificultad de comunicación.
Además, comprender una explicación todavía no significa comprender el juego. El jugador puede recordar perfectamente qué le han pedido y no reconocer durante el partido el momento en que debe aplicarlo.
La toma de decisiones dentro del campo
El juego exige percibir información, anticipar posibilidades, seleccionar una respuesta e inhibir otras mientras la situación cambia. Aquí intervienen funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad cognitiva [4].
En un estudio con 128 jóvenes futbolistas, las funciones ejecutivas se relacionaron con la toma de decisiones específica del fútbol, especialmente la memoria de trabajo [5]. Una revisión sistemática sobre deportes colectivos juveniles encontró que los jugadores de mayor nivel tendían a tomar decisiones más precisas y a responder mejor ante situaciones complejas [6].
La relación no es sencilla. Un amplio metaanálisis encontró que las diferencias entre deportistas eran mayores en tareas de decisión con estímulos específicos del deporte que en pruebas cognitivas generales [7]. Esto indica que la inteligencia general puede aportar recursos, pero que interpretar el fútbol exige además conocimiento y experiencia acumulados dentro del propio juego.
Tomar una buena decisión tampoco garantiza una buena acción. El jugador puede reconocer la solución adecuada y no disponer de la técnica, la coordinación o la velocidad necesarias para ejecutarla. También puede obtener un resultado eficaz gracias a una ventaja física o técnica sin haber realizado una interpretación especialmente compleja.
Por eso, el resultado final de una jugada no permite conocer por sí solo la capacidad cognitiva que existe detrás.
Tres momentos diferentes
Para observar con más precisión conviene distinguir tres momentos:
- Comprender: captar la explicación y el principio que propone el entrenador.
- Reconocer y decidir: identificar durante el juego cuándo aparece el problema y elegir una respuesta.
- Ejecutar: convertir la decisión en una acción mediante los recursos técnicos y físicos disponibles.
Un fallo en cualquiera de ellos puede producir la misma impresión exterior: el jugador no hace lo esperado. Pero las causas son diferentes. Repetir la explicación será útil si no la comprendió; servirá de poco si la dificultad consiste en reconocer la situación a tiempo; y resultará injusto si decidió correctamente, pero no pudo ejecutar la acción.
La adaptación añade una información especialmente valiosa. Un jugador puede resolver una situación conocida porque la ha practicado muchas veces. Si cambian el espacio, la posición de los compañeros o la conducta del rival, debe reconocer qué principio sigue siendo válido y construir una respuesta diferente. Esa capacidad para transferir y adaptar lo aprendido informa mejor sobre su comprensión que la repetición de una solución memorizada.
¿Puede el entrenador reconocer esa inteligencia?
La observación del entrenador es necesaria, pero no infalible. En un estudio con jóvenes jugadores de una academia de élite, las valoraciones de los entrenadores captaron cambios reales asociados a la edad, aunque variaban más entre entrenadores que las mediciones objetivas, que pueden complementarlas [8].
Tampoco existe una prueba futbolística sencilla que resuelva el problema. En un estudio con 328 jugadores de academia, una evaluación de decisiones mediante vídeos distinguió parcialmente a futbolistas con experiencia de jóvenes sin experiencia, pero apenas diferenció entre niveles de academia. Los autores desaconsejaron utilizarla aisladamente para identificar talento [9].
El entrenador no necesita convertir la inteligencia en una puntuación. Puede buscar indicios complementarios y observar si se mantienen en el tiempo: cómo comprende y organiza una explicación; si aplica después una corrección sin recibir ayuda; qué información utiliza para decidir; si encuentra alternativas cuando la solución habitual deja de funcionar; si conserva y transfiere lo aprendido a situaciones diferentes; y si puede explicar, mediante palabras o acciones, qué problema intentaba resolver.
Estas observaciones no permiten etiquetar al jugador como «inteligente» o «poco inteligente». Permiten conocer mejor cómo procesa la información y cómo aprende fútbol.
Una capacidad positiva dentro de un rendimiento complejo
La inteligencia debe considerarse una capacidad positiva para el futbolista. Puede ayudarle a comprender antes, relacionar información, anticipar y tomar decisiones. Cuando se combina con buenas condiciones físicas, técnicas y motivacionales, puede convertirse en una ventaja importante para su progresión.
Eso no significa que el jugador más inteligente sea siempre quien mejor rinde. El fútbol depende de la interacción de muchas capacidades, y cada jugador puede alcanzar una solución eficaz mediante combinaciones diferentes. Pero reconocer que el rendimiento es complejo no obliga a negar el valor de la inteligencia.
El rendimiento académico puede ofrecer una primera pista sobre capacidades generales. La comprensión del mensaje del entrenador permite observar cómo recibe y organiza información. La toma de decisiones muestra cómo utiliza sus recursos dentro del juego. Consideradas conjuntamente y a lo largo del tiempo, estas tres perspectivas permiten acercarnos mejor a una pregunta que ninguna puede responder por separado.
Quizá el objetivo no sea determinar quién es el jugador más inteligente, sino comprender de qué manera piensa, aprende y utiliza lo que sabe para resolver el juego.
Artículo elaborado a partir de la investigación científica sobre inteligencia, funciones ejecutivas, aprendizaje motor y toma de decisiones en el deporte.
Bibliografía
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- Hicheur H, Chauvin A, Chassot S, Chenevière X, Taube W. Effects of age on the soccer-specific cognitive-motor performance of elite young soccer players: Comparison between objective measurements and coaches' evaluation. PLoS One. 2017;12(9):e0185460. PubMed 28953958
- Bennett KJM, Novak AR, Pluss MA, Coutts AJ, Fransen J. Assessing the validity of a video-based decision-making assessment for talent identification in youth soccer. J Sci Med Sport. 2019;22(6):729-734. PubMed 30587435
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